Ayer tuvimos el tiro que tuvo Argentina en el pasado mundial. El que te eleva hacia el cielo y, ay, el que te hunde hasta el infierno. Una vez más, y van cinco, se nos resiste el Eurobasket.
La dura semifinal con Grecia nos dejó tocados y sacó lo peor del equipo. Ni Garbajosa ni Navarro han estado físicamente bien y eso ha sido fatal para un conjunto en que se ha notado demasiado la diferencia entre los NBA y los FIBA. Porque las rotaciones no han funcionando como en Japón, lo que nos hacía vulnerables a poco que alguno de los titulares no estuviera fino. Como Pau, el mejor jugador español de la historia, maldita sea, ¿Le habrán echado mal de ojo para las finales?
Los números cantan, y los porcentajes de tiros fueron calamitosos. Un 22,5% en tiros de dos, sólo siete canastas, un 40% en triples, que nos mantuvieron vivos pero no bastaron para dar la puntilla, y casi un 58% en tiros libres. La defensa, blanda. Dieciséis faltas cometidas contra ventiséis de los rusos. Más de una y más de dos veces nos anotaron bajo aro sin ninguna oposición, desajustes incomprensibles para un equipo que se caracteriza por una gran defensa. No se puede permitir un tiro cómodo como el último de Holden, que nos dió la puntilla. Y cinco balones perdidos más que Rusia, los dos últimos, nos costaron la final. No estuvimos brillantes, desde luego.
Y la presión. Este torneo jugado en otro sitio habría sido nuestro. Ambiente enrarecido. Demasiado VIP. Demasiadas obligaciones, tal vez.
Ahora bien, sólo dos derrotas, por la mínima, en treinta y cinco partidos. Lloramos haber perdido una final, tras haber ganado el campeonato del mundo y siendo aspirantes indiscutibles al oro en los próximos Juegos Olímpicos. Tampoco está tan mal. Y vienen Rubio, Claver y Trías empujando.