A medio gas
Se me está haciendo largo este agosto. Cansino, que diría Estefi. No, agosto, no, la semana que llevamos desde que se acabaron las fiestas, y por tanto, el verano ya no es lo que era. Ayer mismo, al volver a casa tras estar de cuerpo presente en la oficina, que la cosa está demasiado tranquila como para llamarlo trabajar, de hacer la compra y de echar la primitiva, me encontré con un panorama desolador. ¿Qué puñetas hago en la hora que me queda hasta la cena?
No hace mucho, iba a correr o me hacía la comida para el día siguiente. Pero me rabian las rodillas desde el quince. Entre las brazadas para intentar coger un pato y, sobre todo, el paseo ida y vuelta, desde mi casa hasta la San Remo, no estoy para ocupar ese rato haciendo unos cuantos kilómetros, y como hasta el mes que viene no tengo previsto empezar a ir a nadar, nada de actividad física. Como encima me ha tocado trabajar por las tardes, tampoco he ido a la playa. Que, aparte, los dos días que he podido acercarme, no los he disfrutado. Hacía algo parecido a fresquito. La comida… Prefiero calidad de vida. Un menú en el Tot Vents y a correr. Que en dos horas y media entre que salía y que volvía a entrar, se me iba una en el viaje, y media hora y media hora en un coche sin aire acondicionado en una carretera a reventar de tráfico es una putada. Así volvía a las cuatro con la lengua fuera, chorreando de sudor y con las pulsaciones disparadas.
Vale, no es material para el Salsa Panda, pero es que parece que el mundo se ha parado. Y no me vendría algo de actividad, la verdad.

