Hay que ser muy hijo de puta. Pero mucho, mucho, mucho. Técnicamente la multa que me pusieron ayer es impecable. Iba a 73 km/h en un tramo al que sólo se podía ir a 50 km/h. Falta grave, 200 euros, 140 si pago pronto y sin rechistar.
Todo perfecto si no fuera porque hay que gastar una mala leche enorme para situar el radar en el tramo de 50 km/h. Porque verás, una vez pasado el puente de los ingleses, hay un disco de limitación de 70. A pocos kilómetros, dos o tres, está el de 50, que cubre un tramo de 200 metros de mierda. Y ahí lo ponen los muy cabrones. En una carretera recta, con visibilidad y con apenas tráfico.
Ese debe ser el disco de limitación de velocidad a 50 km/h más inútil de toda Mallorca. Porque en esta zona, de mayo de octubre, mientras dura la temporada, no haría falta que hubiera señal de limitación alguna. Hay tanto tráfico que ni en sueños llegas a la velocidad límite. Y de noviembre a abril, la carretera está tan despejada que podrías ir a 90 tranquilamente. Como se fue durante muchos años, hasta que algún hotelero de esos que no tiene escrúpulos a la hora de edificar a pie de playa, pide que se limite la velocidad para que los turistas puedan cruzar la carretera para coger el autobús. Que lo que hay al otro lado de la calzada es S’Albufera. ¿No sería más fácil y cómodo que los autobuses pararan donde están los hoteles y las tiendas, y no entorpecieran aún más la circulación?
Apenas me quedaban 5 meses para cumplir diez años con el permiso de conducir. Completamente inmaculado. Ni tan siquiera una mísera multa de aparcamiento. Pero con la voracidad recaudatoria de la DGT me he topado. Porque otra explicación no tiene el que se pongan justo ahí a las diez de la mañana.