Im-pre-si-o-nan-te
Pocas sensaciones hay en esta vida tan agradables como salir del cine maravillado del uso que le has dado a los 5,80 de la entrada. Porque anoche me fui a ver Sin City con el Payo y señora, y ya cuento los meses, semanas, días, horas, minutos y segundos que quedan para que salga el DVD. La edición especial, para coleccionista o como coño quieran llamarla, bien cargaditas de extras, por favor. El cómic americano la verdad es que no me atrae en absoluto, pero esos dos peazos monstruos que son Robert Rodríguez y Quentin Tarantino, cuya sombra sobre cualquier película le da un toque que la hace irresitible, me llevan al cine sin ni siquiera pensarlo.
Absténganse, una vez más, gentes escrupulosas y estómagos blandos. En Sin City se junta lo peorcito de cada casa. Asesinos, pedófilos, maltratadores y corruptos andan a sus anchas en una ciudad de callejones oscuros y tugurios de mala muerte en blanco y negro, donde bajo una permanente lluvia unos pocos héroes hacen lo que pueden para defender a los indefensos, mejor dicho, a las indefensas, llegando si hace falta a tal brutalidad que lo único que los diferencia de los malos son sus motivaciones. Prepárense para contemplar palizas, asesinatos a sangre fría y torturas, a veces ejecutadas por los buenos y a veces por los que no lo son. No sabría decir si el blanco y negro hace menos descarnados los chorros de sangre que van de aquí para allá, pero si encontraron Kill Bill desgradable, más vale que ni se acerquen. Se perderan un ejercicio visual como pocos, completamente fascinante y perturbador, pero para gustos, colores. Seguro que la comedia romántica con final feliz de la sala de al lado les será mucho más grata.
Si estuviera emparejado y hubiera llevado a mi chica al cine, posiblemente hoy no me habría dirigido la palabra en todo el día. Porque entre mis aspiraciones con el sexo femenino, hace mucho que descarté como requisito compartir mis gustos cinéfilos.


