El año pasado me enteré que una gente que conozco se había ido al concierto que dio AC/DC en Montjuïc. Me enteré tarde, cuando ya habían estado saludando al tito Angus. Este año me llegó el chivatazo a tiempo y me acoplé. La cita en Sevilla, el 26 de junio de 2010, penúltimo concierto de la gira Black Ice.
Empecé mal. Me despisté a la hora de encargar los billetes y no encontré sitio en el vuelo en el que iban el resto de compañeros. Vuelo en el que el capitán saludó a los que iban a ver a los AC/DC y hasta puso una canción, creo que Higway to hell, pero no recuerdo cual me dijeron. Además bajaron el precio de los billetes, y si los hubiera comprado dos semanas después, me habría ahorrado cien euros. Tela. En fin, que llegué con otro rezagado a eso de las seis de la tarde a la recepción del albergue y me encuentro con que voy a tener que beber mucha cerveza para llegar al nivel etílico de los que ya estaban allí. Cayeron un par, aunque ya sabía que no les cojería ni de coña.
Y al grito de Venga, que no arribam!, que se repetiría durante las casi dos horas y media que tardamos en llegar, salimos rumbo a la Cartuja. A unos cinco o seis kilómetros del albergue. Ni rastro de autobuses ni de taxis. Unas colas tremendas en la carretera que va paralela al Guadalquivir y ni un triste cartel, así que nos cascamos a pata todo el trayecto, para encontrarnos con una aglomeración tremenda en la entrada a pista. Suerte que uno está curtido tras muchos años de ir a La Patrona. Nos tiramos un buen rato de pie apelotonados y la cara de uno de los guardias de seguridad era un poema. Blanquito como la cal de una pared. Fuimos llegando por separado. Si, había bares en el camino, y no se podía desperdiciar la oportunidad de ir conociéndolos todos.
Conseguimos entrar al estadio y alli están los típicos puestos de perritos calientes (A 4,5 € cada uno), unos cuantos vendedores de cerveza móviles con el barril a la espalda y una gran barra con más surtidores que gente sirviendo. Y no te creas que les cundía mucho. Iba sin cenar y no las tenía todas conmigo, así que en vez de cerveza pedí una Pesi, que diría Torres, pero nada, se han acabado. Antes de que empiecen a tocar los AC/DC. Medio litro de cerveza por 10 €. Y al lío.
Si, hasta entonces mucho andar, algún aprieto, precios sangrantes, poco calor (Quizás necesitaría unos días para aclimatarme) pero fue empezar una animación en la pantalla gigante, empezar a sonar Rock n’Roll Train y…
Indescriptible.
(Aquí tienes la lista de canciones que tocaron y también puedes escucharlas)
Parece mentira como esta tropa de cincuentones son capaces de tirarse dos horas dejándose el alma, a pesar de que los técnicos no consiguieron que hasta la tercera canción el sonido fuera medio decente. Según he leído por ahí, la acústica del estadio de la Cartuja no es ninguna maravilla (Que se preparen los U2, que tocan allí en septiembre). Y era sonar Back in Black y fliparlo. Y Dirty Deeds done Dirt Cheap y fliparlo. Y The Jack y fliparlo. Y You shock me all Night Long y fliparlo. Y marcarse un solo estratosférico el tito Angus en Let there be Rock y sentir un escalofrío cuando me pongo a recapitular y oiga, que aún no han sonado Highway to Hell ni For those about to Rock.
Que fueron los bises, claro. Apoteósico el tronar de los seis cañones que había en el escenario. Brutal. Se veía mucha camiseta negra, muchas mujeres, hasta críos, y la gran mayoría, gente de lo más normal. Ningún problema en la pista, un ambientazo genial.
La vuelta, como no, a pie. No las tenía todas conmigo, es más, iba acojonadito vivo, pero mis rodillas no se resintieron en absoluto y apenas noté los gemelos algo cargados el domingo. Eso sí, aún me pitan los oídos.
Llegamos al albergue y no sé a que hora llegaron las dos eslovacas, como ponía en sus maletas, o americanas, como le dijeron a mi compañero, no sé, no me cuadraba el acento de las dos pavas, con las que compartíamos habitación el rezagado, yo, y dos tipos de Ciudad Real. Uno de ellos fue al baño, picó a la puerta y le salió una de las rubias en ropa interior. Imagínate el cachondeo. Yo me estaba reconciliando con la postura de hombre precipitado desde un quinto piso, cortesía de una almohada blanda y apenas me enteré de nada. Al Ipod le dió por reproducir aleatoriamente canciones de Los Rodríguez.
Como suele ocurrir en estos casos, dormí más de lo que creo que dormí. A la mañana siguiente ducha, desayuno, vuelta en autobús por la ciudad, que me pareció que estaba muy dejada y a comer algo a un Lizarrán.
Por lo que pudiera ser, a las tres ya estábamos en el aeropuerto, no se nos fuera a escapar el vuelo. Que salía a las siete menos veinte. Tiempo aprovechado en hacer un par de compras allí mismo, comer un bocata y escuchar por la radio el Alemania-Inglaterra.
En resumen, una gran experiencia. Brian Johnson dijo que quizás esta fuera su última gira, ya que con 63 años no está para muchos trotes, así que había que aprovechar la oportunidad. Si hubiera otra el año que viene y encuentro a gente a la que acoplarme, no descarto volver.
Aunque ahora mismo a quien tengo unas ganas terribles de ver es a Norah Jones. Que acabo de descubrir que la semana que viene anda por España. Ay.